
Solía ver los pájaros naranja cruzando por el cielo, que me daba por soñar con ser parte de su bandada, pensé que disfrazandome de ellos podría realizar mi antojo, junté varias semanas mi domingo, algunos días llegué a vender mi lonche en la escuela para juntar más dinero y poder hacerme el disfraz, sólo pensaba en tener el mejor y más parecido traje de pájaro naranja.
En las tardes, cuando mis padres estaban en sus asuntos, yo me encerraba en el sótano a dibujar, debo admitir que intenté reconfigurar mis bocetos para el traje, sin embargo por más esmero y dedicación, nada era capaz de superar el primero, ese que hice una noche cuando toqué al primer perdigón naranja. Ese boceto, es el único que logra captar mi esencia dentro de un ave y a un ave dentro de mí, es simplemente una fusión perfecta que no deja de estar en mi cabeza y que muere por materializarse. Aquella vez también soñé algo muy raro que luego de recapacitar, sólo pensaba en ir a aquella calle que da a la colina, en dónde está un árbol muy viejo, con una hojas muy raras, como… las de un árbol de otro tiempo y espacio, sentía el impulso de comer una de ellas, y que esas hojas darían un plus a mi vestimenta de pájaro.
Cuando tuve suficiente dinero, me compré todo el arsenal, plumas, telas, hilos, hasta otros materiales que no puedo describir, pero que servirían para hacer el pico y las patas, las alas me las entregaría doña Tomasita, insistió en darme el armazón de ángel que su hijo usó cuando niño en la pastorela del pueblo, ya que le conté mi urgencia por tener dinero y cuál sería el fin de éste, hasta ella se conmovió y me dio algunas monedas por pasear a Pipo, su perro. A veces creo que Tomasita me juzgaba al loco, cómo si ella no fuera lo suficientemente loca, mira que pasar todo el día contando sus zapatos, arreglándolos y lustrándolos indefinidamente, pero bueno, la señora me ayudó de cualquier manera, creo que no debo de dirigirme a ella de ese modo, ni pensar que estaba loca, aunque si lo haya estado.
Antes de comenzar a cortar las telas y pegar plumas, me comí una de esas hojas del árbol de la colina, aunque no sentí nada raro al primer segundo, me dio una sensación de paz y energía para hacer mi traje, por lo que me encerré en mi habitación y decidí no salir de ahí hasta terminar el mentado disfraz.
Ahora, ni siquiera entiendo porqué mi madre me corrió con esa escoba de mi cuarto, tampoco logro saber, porque nunca entendió cuando le gritaba que era yo, su hijo, y mucho menos entiendo que pasó esa noche, sólo sé que mamá fue a despertarme para desayunar ese domingo y que entre las plumas y la tela, me era más fácil volar que caminar, que mi cuerpo era otro y que sin darme cuenta y luego de haber estado pegando miles de plumas, ya no fue necesario usarlas, ahora tengo las propias, que está por demás acercarme a la gente, que los únicos que me entienden y hablan mi idioma son los pájaros naranja.
En las tardes, cuando mis padres estaban en sus asuntos, yo me encerraba en el sótano a dibujar, debo admitir que intenté reconfigurar mis bocetos para el traje, sin embargo por más esmero y dedicación, nada era capaz de superar el primero, ese que hice una noche cuando toqué al primer perdigón naranja. Ese boceto, es el único que logra captar mi esencia dentro de un ave y a un ave dentro de mí, es simplemente una fusión perfecta que no deja de estar en mi cabeza y que muere por materializarse. Aquella vez también soñé algo muy raro que luego de recapacitar, sólo pensaba en ir a aquella calle que da a la colina, en dónde está un árbol muy viejo, con una hojas muy raras, como… las de un árbol de otro tiempo y espacio, sentía el impulso de comer una de ellas, y que esas hojas darían un plus a mi vestimenta de pájaro.
Cuando tuve suficiente dinero, me compré todo el arsenal, plumas, telas, hilos, hasta otros materiales que no puedo describir, pero que servirían para hacer el pico y las patas, las alas me las entregaría doña Tomasita, insistió en darme el armazón de ángel que su hijo usó cuando niño en la pastorela del pueblo, ya que le conté mi urgencia por tener dinero y cuál sería el fin de éste, hasta ella se conmovió y me dio algunas monedas por pasear a Pipo, su perro. A veces creo que Tomasita me juzgaba al loco, cómo si ella no fuera lo suficientemente loca, mira que pasar todo el día contando sus zapatos, arreglándolos y lustrándolos indefinidamente, pero bueno, la señora me ayudó de cualquier manera, creo que no debo de dirigirme a ella de ese modo, ni pensar que estaba loca, aunque si lo haya estado.
Antes de comenzar a cortar las telas y pegar plumas, me comí una de esas hojas del árbol de la colina, aunque no sentí nada raro al primer segundo, me dio una sensación de paz y energía para hacer mi traje, por lo que me encerré en mi habitación y decidí no salir de ahí hasta terminar el mentado disfraz.
Ahora, ni siquiera entiendo porqué mi madre me corrió con esa escoba de mi cuarto, tampoco logro saber, porque nunca entendió cuando le gritaba que era yo, su hijo, y mucho menos entiendo que pasó esa noche, sólo sé que mamá fue a despertarme para desayunar ese domingo y que entre las plumas y la tela, me era más fácil volar que caminar, que mi cuerpo era otro y que sin darme cuenta y luego de haber estado pegando miles de plumas, ya no fue necesario usarlas, ahora tengo las propias, que está por demás acercarme a la gente, que los únicos que me entienden y hablan mi idioma son los pájaros naranja.
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